...gracias a una conjunción de factores : familia privilegiada, méritos personales, integridad personal. Pero también contó en su ascenso social una característica importante en una sociedad de antiguo régimen : supo organizar una red de amigos y clientes, principalmente peninsulares, y fue protegido por el arzobispo Cayetano Francos y Monroy con quien el atravesó el Atlántico en 1779. El arzobispo mantuvo un control y un apoyo estrecho a García Redondo hasta su ordenación. Cuando lo pudo hacer, lo colocó en una nueva capellanía de 2000 pesos. Se trataba entonces de completar la congrua necesaria para ser ordenado presbítero. Disponía entonces de los medios económicos suficientes para seguir con serenidad sus estudios con los Dominicos y con los profesores de la Universidad San Carlos de Guatemala. En los meses que siguieron, obtuvo su grado de bachiller en filosofía y en teología antes de ser ordenado en 1785. Aprovechándose de la vacancia de la parroquia de San Sebastián, el arzobispo lo colocó en este beneficio en noviembre de 1785, en calidad de interino, y en propiedad en 1786. Su poderoso protector no había fallecido todavía cuando García Redondo obtuvo su grado de licenciado en teología, el 28 de enero de 1791. Este diploma era obligatorio para integrar el cabildo eclesiástico. La muerte del arzobispo en julio de 1792 no tuvo consecuencias negativas sobre su carrera. Su amigo Ambrosio Llano estuvo hasta 1800 a la cabeza de la vicaría general de la diócesis, y por otra parte las relaciones con el nuevo arzobispo Juan Félix de Villegas permanecieron en buenos términos. De todos modos, desde marzo de ese mismo año, las puertas del cabildo eclesiástico se le abrieron : García Redondo pasó a ser entonces canónigo magistral. García Redondo no se dedicó a las actividades comerciales o financieras, lo que explica sus nexos débiles con las grandes familias del Reino. Solamente acordó un préstamo de 4000 pesos a Sebastián Melón, sin mencionar ninguna condición, lo que nos hace pensar que ambos eran muy amigos. No se interesó tampoco en los puestos más lucrativos de la Iglesia, como el de juez de capellanías o de diezmos. La gestión de sus asuntos personales fue siempre prudente. Su testamento confirma las impresiones que dejan la lectura de sus cartas : el hombre era discreto y se negó a toda ostentación de riqueza.